Disculpa la espera

                                                                                         Más Aquí, a día D

 

Una instancia a Mi Destino (precisamente, muy Sr. mío):

 

Te escriben mis excéntricos dedos, como un pianista toca una canción de cuna. Torpes pero inquietos sobre la máquina de escribir, marcando el compás del tiempo que me queda… Meciendo suspiros entre líneas.

¡Que venga como la montaña fue a Mahoma!

Y yo que aprendí a quererme de tanto verme en tus ojos, cotilleaba por la mirilla de tus pupilas mientras tu timbre de voz se imponía con aquella pregunta retórica, sonriéndome al oído.

Me he sustentado recordando momentos en donde deseé que la felicidad fuese efímera. Dolía estar tan pletórica. Ahora, el olor de la indiferencia, es el de una docena de gladiolos marchitos.

Cómo rompo este silencio ensordecedor…

Con el eco de mis llantos, que no deja de darse de cabezazos contra las piedras de aquel paredón, hechas rocas, con las que tropecé una y otra vez. Como un inexorable «te lo dije».

Estoy segura de que te están creciendo mis malas hierbas en lugar de mi amor propio. Siempre tuyo, pues a mí me lastraba. Conociéndote como te desconozco, tendrás al caballo de Atila sobre ellas, dando vueltas día y noche, moviendo la muela…

Bajo la almohada, ha quebrado la consultoría, dejando deudas y remordimientos. Antes, te los colgabas al cuello, con la misma despiadada ambición con la que otros descuajan dientes de marfil. Tú no con colmillos, sino con colmos. Una cruz al hombro al fin y al cabo. Qué más da Pérez, López, que Rodríguez.

Solo consigo descansar haciéndome un ovillo bajo la colcha de patchwork que tejí arrancando mi piel a jirones.

«Tócala otra vez», le supliqué al gato que solía afilar sus uñas en mis vísceras, haciendo sonar unos violines desafinados. Lo que tú llamarías “música ambiental”.

Confieso que me da apuro haberme fumado todos los puros del cajón de recuerdos incómodos de nuestra cómoda, mientras esperaba tu regreso para que me llevases definitivamente contigo. ¡Por supuesto que contaba con tu impuntualidad!… Se esfumaba el humo de «Ana y Miguel», «Sara y José», «Laura y Roberto»… y todos nuestros amigos.

Se ha parado el tiempo en la eternidad, en la inexistencia. En una fina línea continua, débil, y desdibujada. En donde hago equilibrismos a 8 patas, como una viuda negra. La seguridad es que no haya red.

Desenfocada es la imagen que me devuelve el espejo, como un cuadro de Philip Barlow. ¿Qué bandera? Un minúsculo cuadrado de tela, acartonado por fluidos plañideros, ambos pasados de moda.

Ya no llueve como antes. Que lo hacía sobre mojado… Ya no vuelve al mar que mojaba un pedazo de arena donde poder escribirte mensajes. Navego en una balsa de aceite denso. Y cada noche, me cuelgo con una soga infinita de la roldana de este pozo sin fondo.

Las cuatro estaciones… es el nombre de una ensalada de bolsa. Insípida… No hay color, no.

Tampoco blanco y negro. Tan solo uno u otro. Mis diálogos contigo son del género absurdo. Es cine mudo. Es cine ciego… Si tu voz me ciega, y mi mirada te calla, ¿cómo es posible que sigamos discutiendo?

Se me cayó el alma al suelo. También las tetas. Contando ovejitas negras, y todas se hacían llamar Dolly

Nuestro amor, fruto y resultante de ambos, cojo, se apoya ahora en rabia, aunque nunca llegó a casarse. Ella conserva su apellido de soltera: Odio. Inexpresivo por fuera, ingrávido por dentro… Como si de una adivinanza se tratase.

Un campo santo bajo el manto de estrellas guía…

Aporreo tu epitafio grabado sobre el mármol frío, como Pedro Picapiedra cuando lo dejaban fuera de juego. Y clamo al cielo un «¡Tierra, trágame!»

P.D.

No me dejes aquí. Recuerda que soy tu vida, y tú estás muerto.

 

Para esto y mucho más... sígueme en Twitter @virxinite

 

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