Rojo esperanza

 

De chapa y metal. Casi tan verde como yo lo estaba… era la silla desde donde se burlaba:

«Nunca llegarás a tocarla con la cabeza».

Siempre entendí que me lanzaba un desafío.

Allí estaba yo bien erguida, bajo una cornisa que hacía la pared. Dibujaba una guillotina imaginaria entre mi cabeza y ésta, y con mi mano simulaba el movimiento habitual de la misma. Una y otra vez…
En el vacío material traducido a centímetros de ausencia para alcanzarla.

Cómplices, o Presuntos Implicados (Qué más da…), nos aguantábamos la mirada, y también la risa apretando la incredulidad con los labios.

Comí de la mano de esa frase durante mi infancia. Y aún a mis 30, sigo recogiendo las migajas de ésta.

Su pudor hizo que la noticia llegase tarde, mal, y a rastras.
Y como una boa a un conejo, nos engulló.
Nosotros tampoco pudimos masticar…
Salvo para calmar los nervios con una goma de mascar, que ojalá fuera de borrar.

No se lo dijimos. Tampoco a mi abuela. De lo contrario, ella hubiese modificado su comportamiento hacia él, tan natural como despectivo. Y con él, su retahíla de improperios de cabecera.

El más común de los efectos secundarios: la compasión.
Que, como una presa, cambia el curso del río.
Casi peor el remedio que la enfermedad.

Verde no fue el color de la esperanza entonces, sino rojo y en vena. Llegó en forma de transfusión.
Puntual para nuestra última cena de Navidad.
Efímera también es la ilusión de un niño después de Reyes.
Máxime, si el regalo viene envuelto con el obituario de un periódico.

Igualmente, rompió el papel en un acto de rebeldía. Exaltado.

Él siempre fue lo que se dice piel y huesos. Y a pesar de ser Capricornio toda la vida, ahora le tocaba cáncer.
Y éste pretendía dejarlo sólo en piel.
No pasaría de aquel invierno sin que se hiciese un traje con ella. Con él…
Y finalmente, forró su cruz… La tapizó.

Me hubiese gustado pasar olímpicamente de la recta final, antorcha incluida.
El tumulto desde las gradas, se redujo a un instante monótono:
La leña dentro de la cocina de hierro con sus chasquidos. Simpática y arrítmica como de costumbre.
Que no decaiga el ánimo.
Él solía darle la espalda, apoyando sus manos en la baranda.
Sólo él era capaz de aguantar aquel metal candente.

Se había leído La Biblia con la mejor de sus intenciones y con mucha predisposición, ya no sólo a comprar el humo en venta, sino también a inhalarlo. La hubiese leído en verso…
La tarde en la que terminó uno de los libros más importantes de la historia no pudo fumarse la pipa de la paz.
Por contra, echaba humo bajando las escaleras. Y allí mismo y sin más demora, prendió fuego a las sagradas y sangradas escrituras.
No pondría la mano en ese fuego. Ni aunque resurgiese de sus cenizas.

Y ahora le servían la extremaunción en bandeja de plata.
A él, que le encantaba sorber el infierno en plato hondo…

De nuestras rencillas se encargaba otra frase:
– ¿Somos amigos? – me tendía su mano sugiriéndome cerrar un trato que, a sabiendas, nos traería fortuna.
– Sí, somos amigos – respondía y correspondía su gesto, estrechándole la mano.
El estribillo de mi canción de cuna.

Aún ni había asomado la patita el carnaval, y ya se le estaba cayendo la careta.

Mi abuelo ya no era mi abuelo. Yo misma veía cómo se lo llevaba un manojo de ideas peregrinas con camisa de fuerza.

El ser más inseguro que he conocido, ahora lidiaba con la seguridad más aplastante.

Al final de unas escaleras de piedra (como en el Stairway to Heaven, de Led Zeppelin), le esperaban sus chanclos rotos por todos los lados. Como lo estaba yo…

La expresión estática de mi rostro ante aquel espejo, contenía la verdad sobre la mala suerte al romperse. No el espejo en sí, sino lo que éste refleje.

Y en aquel cuarto de baño aún era posible tirar de la cadena, literalmente.
Y a ello me dispuse.

El ventanuco conservaba en la repisa interior unos cuantos cadáveres de moscas de la pasada época estival.

En la habitación contigua, el taller donde pasó parte de su vida reparando radios y televisores, con esos dedos que nada tenían que envidiar a Paganini.
El concepto de romanticismo me surge de idealizar el tiempo en donde veía «Celia» y a El Peque de «Dinosaurios» en blanco y negro, en un robusto y pesado televisor sujetado entre dos sillas de madera apolillada.

Cogieron una tapa de madera de pino que encajaba a la perfección con la caja que lo contenía. La última pieza del puzle…

Unos pocos febreros después, crecí en centímetros lo que las malvas alrededor de su tumba, y superé con creces la distancia que me separaba de aquella cornisa, y con ella la frase implícita: «Nunca llegarás a tocarla con la cabeza».

Cuando alguien dice eso de que el tren pasa sólo una vez, yo pienso en mi abuelo y en la vida como una única línea. La 22, la 53 o la 78. No importa…

 

Para esto y mucho más... sígueme en Twitter @virxinite

 

 

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