Paráfrasis de dichos y desdichas en el trecho hacia el hecho

 

El amor es ciego, dicen… Y no hay más ciego que el que no quiere ver. Sobre todo, cuando se te mete entre ceja y ceja ese dogma impío del ojo por ojo, diente por diente, de la Ley del Talión que me pisa los talones y que me tiene con el agua al cuello.

¿Que donde pones el ojo, pones la bala?…  Con los ojos como platos, de no haber roto ninguno, me declaro apotropaica ante tu mal de ojo…   Pero conmigo sólo estás dando palos de ciego a ojo de buen cubero. Mejor poner los pies en polvorosa.

Mis gritos sordos a los cuatro vientos tuvieron la callada por respuesta a pleno pulmón.

Tu cara dura como un zapato, metida con calzador en las maduras, mientras puse la otra mejilla.

Se nos fue de las manos, y pasamos de ser uña y carne, a quedarnos en pieles muertas y quebrantahuesos extintos. La piel de una gallinita ciega que no hace camino al andar.

Mi cruz fue precisamente, cruzarme de brazos sin que tú dieses ninguno tuyo a torcer. Y a cara de perro, mi cara de póker ante la ausencia de as bajo la manga por hombros, descabezada sobre ellos. Como pollos sin dos dedos de frente en la cresta de la ola…

No hay vuelta de hoja, por más vueltas de tuerca que le demos al tornillo que te falta. Y no hay marcha atrás en el monte de Venus, porque no todo se paga en especias como el orégano…

Se te ponen los dientes largos (como las venas que dejé crecer en vez de cortar) cuando realmente me pavoneo con mi cintura de avispa, tan rayada como el protagonista de “El aguijón del diablo”, adquirido en el Círculo (vicioso) de lectores. Como testigos (protegidos) de Jehová, me ponían entre la espada y la pared, dándome una de cal y otra de arenas movedizas. Sablazo, por la espalda, y grabado en la empuñadura un jocoso sin trampa ni cartón.

Corramos en un tupido velódromo, cuando acabes de morder el polvo en tierra batida.

Pero a caballo regalado no se le mira el diente, y la ocasión la pintan calva cuando un clavo saca otro clavo, ¿verdad?

Iba con pies de plomo mientras andaba pisando los huevos que te dejabas sentados en el sofá. Para rascarte incesantemente la barriga solapando el falso mito de que la sarna con gusto no pica. Pero ajos come el crápula… Cual pájaro malcriado, me sacas los ojos a sabiendas que a todo cerdo le llega su San Martín.

Ni a dos velas sopladas te llevaste un tirón de orejas, y tú tan feliz mareando la perdiz, aplaudías con ellas.

Al final, el gato se puso las botas comiéndote la lengua y envenenando de un mordisco su séptima vida, por la curiosidad. El último adiós al séptimo cielo. Guion para el séptimo arte.

No es pretensión mía la de tocarte las narices, sino la de tocar madera, Pinocho. Pronto me iré con la música del Concierto de Aranjuez a otra parte. No con un post-it en una nevera fría como un témpano, sino con una octavilla maravilla aumentada, en sol menor que más calienta.

Hagamos de tripas, corazón, con él en un puño americano largo de agua que no has de beber, y con buena letra que con sangre, sudor y lágrimas, entra. Tomamos un café olé, rancio como el disco duro de extrema derecha en un ring de lucha opresora. Al margen de todo, leamos entre líneas los posos del pocillo sin fondo…

No me tomes el pelo de tonta, porque ni tanto ni tan calvo a la altura del betún.

Sin pelos en tu lengua materna, redundante, rizas un rizo africano como las moscas tse tse, que no entran en boca cerrada. Me dejas muerta en el hoyo. Tú, vivito zampabollos, te llevas la palma en ensaimadas, y coleando la sinhueso muerta, dura de roer.

El ombligo de El Mundo Today. Bloque periódico por Willy Toledo, en 80 días. Tragicomedia imperial. La peineta por montera con un nudo marinero a todas luces, en la garganta profunda.

 

En fin. Cuando veas las barbas de tu vecino barbilampiño cortar con la navaja de Buñuel… piensa mal y acertarás. Ya que, donde dije “digo”, ahora digo a pies juntillas: ¡Piernas para qué os quiero!

 

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