Anatomía de mi antinomia

 

_ No es que nos falte un verano, es que nos faltan todos… _ musité apesadumbrada.

Enterrada en una pulcra cama de hospital, de una 263, siendo un número cardinal más…

Precisamente el septentrión es, el punto cardinal que me mantiene fría polar. Aunque estrellada en este vespertino manto de plañidera.

_ Voy a decapitarte, y dejaremos que tu cuerpo siga en este sepulcro. Al menos hasta que regresemos de un paseo por mi rostro. – Dijo apoyando su frente sobre la mía, haciendo alarde de nuestra ya conocida y cómplice telepatía…

Las comisuras de mis labios parecen tan almidonadas como la sábana que cubre mi frágil figura. Aún así, sonrío convincente.

_ Rastrea y escruta, mi rea abrupta. – Ordenó. Silenciando con su dedo acusador (dando dos toques en la punta de mi nariz) la queja sorda y exasperada a punto de desfilar por mi lengua camaleónica.

 

Su barba…

Un sombrero de paja para esta síndica campesina. Un fajo de hierba seca que levanto con una horca, por encima de mi cabeza y de mis posibilidades… cayendo a plomo ante mis pies.

Espantadas por el impacto, salen en estampida centenares de pulgas, en todas las direcciones.

Me muestro indulgente con las que vieron en mí a una atractiva y atrayente anfitriona. Pues se dice que “las apariencias engañan”, y hasta hace unos segundos, yo era lo más parecido a un ángel caído pertrechado con un tridente.

Cavé mi propia tumba muy erguida…

Más que pájaros en la cabeza, tenía la estridulante banda sonora de una plaga de langostas.

 

Sus fosas nasales…

Agradezco los bufidos. Disipan esta fosca niebla en la estepa salmantina, que hace que te contemple como a un ser mitológico. Con veneración profunda y profusa…

Huele a encina, y estamos a medio camino de la Alberca. Que se queden con la miel en los labios otros… Hay un recipiente, con al menos 2 kilos, apremiándonos desde la Plaza mayor.

Nada que lidiar.

 

Sus ojos…

Confusa línea entre el mar y el cielo. Insólita la semejanza entre su horizonte y mi esperanza.

Bisectriz de lo inquebrantable… Gama difusa de colores fríos en un sol naciente. Luceros del alba…

Amalgama de paradojas.

 

Sus dientes…

Incisivos ¿caninos o quirópteros?

“Odaxelagnia” en estéreo que roza el canibalismo más etéreo.

Tú ser “Piel roja”, yo ser “Piel pálida”… El dúo cinámico. Afrodita en rama.

 

Su sudor…

Fontanal aspersor e ilusorio de resarcimiento. Un hontanar salino…

Sobrina de “La Magnetita” en un pueblo de levante. Soberana y exquisita.

Ahora, en el costero Nazaré portugués, no encuentro porqués a mi adicción por exprimir con succión cada uno de mis ondulados mechones negruzcos. Empapados de un mar que jamás escupió una botella, y mucho menos, su contenido.

También yo tuve que tragar mis palabras etílicas…

Casi saciada la sed de venganza.

 

Sus pestañas…

Otro dilema: ¿Orientales o bovinas?

Lo ceremonial de su abaniqueo, me refresca la memoria y deja a las claras que, se trata más, de un legado de la dinastía Chou, que de cualquier analogía con la rubia gallega.

 

Sus cejas…

“Mi búho” por antonomasia. Moucho, que diría esta meiga… Pongamos que una Chuchona.

Aquelarres paganos. Bañados en queimada no conjurada. Encantada con tu afán inquisitorio…

Urente virtuosismo irreverente, amaga con una combustión espontánea.

 

Sus labios…

Nueva disyuntiva: ¿Fruta de la pasión o fruto prohibido?

Jamás sellados. Arduamente acontece el milagro… ¿Y qué son los milagros, si no secretos aconfesionales?

 

_ Buenos días. Tensión y temperatura. _ Irrumpió un auxiliar, exiliándome del verano.

 

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