Las cadenas de M. A. Barracus, por ejemplo

Él era él y sus referentes.

Su caballerosidad era limitada.
– «Me quito el sombrero» – me decía… retirándose la chistera para mostrar un conejo.

Magia, lo denominaba.

Yo en cambio, ansiaba ver la puesta en libertad de la bandada de pájaros.

Mi marinero estaba tan empapado en sus patrones, que cuando encalló nuestra delicada embarcación, la chispa creada por mi porfiada fricción sólo logró un denso humo gris. Como resultado: un pez pescado, ahumado, dando sus últimos coletazos en la orilla de una marea que baja…

Me excitó eso de lo que se había apropiado. Lo hizo suyo… 
Yo preguntaba incesantemente por él. Y de vuelta recibía retahílas perfectamente estructuradas. Como Alprazolam en vena…

Siempre me encontraba en cueros, boca abajo, apoyando mis senos con las manos cruzadas en aspa y los codos bien pegados a las costillas. Mirando de reojo hacia la ventana ya sin vidriera de tanto batirse las contras de madera medio descolgadas de sus pernios.

Pude ver entonces al conejo allí afuera. Era un peluche suspendido en el aire…  Zurcidas ambas orejas en la nada con un sedal de pesca del que desprendió un anzuelo. Diluviaba sobre él. Sus patas inertes chorreaban lodo.

Un escalofrío recorrió mi espalda al ver cómo su musa esperaba secarse con el calor del sol a través de una luna menguante.
No se fijó en mi espalda, sino en mi lomo.
Lo cubrió con una de esas colchas de patchwork. Era un artesano de los retazos…
Yo me había convertido también en un uno. Un reto en grado aumentativo.
Utilizó el anzuelo para sellar mi boca a punto de aullar como la más astuta y desconfiada presa.

– Reposa. – Decía, o me llamaba… (Una cuestión vocal).

Nuestro destino hubiera sido otro de haberme despojado de la pesada colcha con la que tratabas de acalorarme… Para impregnarte con mi sudor. Disecarme para conservarme. Ser una impresión más en tu colcha…
Me oías pero no me escuchabas. Me mirabas y no me veías.

– Arrójala sobre el suelo – decían en braille las líneas de mi mano que jamás tomaste.

¿Cómo decirte que esa colcha era una alfombra heredada de nuestros invasores?… Y que por tanto, no podías barrerme debajo de ella, como el polvo.

Ahora tengo entre mis dedos un juguecito… Una pequeña televisión antigua con visor de diapositivas de Segovia, por ejemplo.

Te guiño el ojo y curioseo a la vez que mi dedo corazón acciona el botón telonero del día D:

1- Un pijama corto de Batman que se movía con la inquietud de unas zarpas que surcaban sus montañas volcánicas hasta las inmediaciones del valle.

2- La propietaria del pijama ya sólo lo era de éste. Caminaba de una ventana a una puerta. Ambas abiertas. Como lo deseaban sus piernas…

3- Inmóvil, de espaldas al precipicio urbano de un séptimo piso. Ahuecaba el pelo de su nuca rusiente… Sin apenas percatarse de que el abismo estaba libándola de frente. Condenada a una cuenta atrás de 5 segundos. (Como los lobitos que tenía la loba, justo detrás de una escoba). 5…

4- Escudriñaba desesperada en la cocina. Cuchillo, estropajo o exprimidor manual. Cuál de estos tres utensilios sería el elegido para detener ese hilo acuoso que recorría su muslo izquierdo bajando hasta el tobillo por su cara interna… Arrastró ascendentemente el pulgar hasta la íngle, y henchido se lo llevó a la boca. Viscoso como la savia bruta de un pino. El quinto, por ejemplo.
Estropajo.

5- Posaderas en el frío suelo de un largo pasillo en ele. El vértice de la bifurcación la sostiene por la columna vertebral. Inestable… Rodillas en ángulo de 96°(como el alcohol que más tarde alguien echará a sus heridas en una sala de hospital…). Batman dado de sí, cubre sus pies descalzos cual faldones ocultando a los costaleros en los pasos de Semana Santa.

6- Desde un smartphone, el resorte impulsor de una máquina de pinball de los 90, lanza la bola haciéndola subir por unos cascos, llevándola al interior de esa bombilla prendida en una noche que parpadea anunciando su fin. Mientras un centenar de polillas cegadas la golpean… 

 7- La canica imantada quedó atrapada detrás de su ombligo. Sutil golpe que activó la gramola llena de versos en francés… Acordes varoniles danzando por su figura vaporosa. Recordaba al asfalto atravesando Death Valley en agosto…
Se folló su garganta apretando el estropajo contra su sexo.

8- Fueron las sacudidas que la dejaron ensimismada temblando, pegada a un enchufe a la altura del betún.

9- Un bufón aún sin determinar. Pero un bufón.

Suelto el cachivache con desdén, al mismo tiempo que me espetas tu esputo:

– Estoy acostumbrado a ser yo el Big Bang.

– ¿Entonces por qué no se dio la expansión?.

Tu explosión te autodestruyó.

Basta de típicos tópicos en conservas.

¿Cómo un declarado romántico podría elegir un diminutivo para requerirme?.

Para esto y mucho más... sígueme en Twitter @virxinite

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *