Siempre tuya, María Sarmiento.

Nunca te dejaré. Y profesaría cualquier religión (o todas), si de ello dependiese la efectividad de mis ruegos para que tú tampoco lo hagas…

¿Cómo pueden llamar a lo nuestro, «relación tóxica»?. ¡Si mi dependencia hacia ti es innata, básica y elemental!.

Lo cierto es, que no concibo la vida sin ti.
No recuerdo haber pasado ni un solo día en el que no me acompañases…

Siento ser tan pesada, pero incluso te atribuyo a ti la capacidad de hacerme sentir más liviana. Con una caricia, un susurro…

Hundida en este mullido prado del que te sirves para cosquillear mis extremidades desnudas, contemplo el tendido eléctrico, y me reafirmo en la percepción de que es un pentagrama a escala real… Y, que esa docena de gorriones (a pesar de los 33°C de esta soleada tarde, fingen tiritar mientras tú los meneas) que descansan en él, son notas musicales.
¡Qué deleite audiovisual!.

A menos altura, está una larga cuerda de esparto deshilachado. Parecería estar suspendida en el aire, de no estar hincada en esas tres estacas de madera casi podrida.
La colada pende de ella…
Tú la haces bailar y me invitas a hacer lo mismo.
Sonrió mirando hacía otro lado, tímidamente.
Insistes.
Zarandeo la cabeza, y esta vez miro hacia abajo mordiendo mi labio inferior…

-Vale, vale… Está bien.

Me incorporo y comienzo a contonearme de mil y una formas al son de tu ronroneo musitado en mi nuca, enredándome en las sábanas aún húmedas. 

-Y ahora, ¿quién seduce a quién?.

Exhausta, me dejo caer en la hierba sobre mis rodillas.

No estoy a favor de la tortura para obtener información. Por tanto, no disecciono margaritas.
Y por consiguiente, hace escasos cinco minutos, te aseguraste de que mi deseo se cumpliese haciendo volar la pestaña pegada a la yema de mi dedo índice.
No las tenías todas contigo, así que, soplaste con tesón un diente de león, por si hubiese confusión.

Me has cautivado hasta el atardecer, y has mitigado la impaciencia que me caracteriza, olvidando mirar el teléfono móvil. Hasta ahora…

No voy a dilatar más en el tiempo el intento de comunicarte, mi amado viento, que esta noche seré para otro, alimento.
Lo siento.

 

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