Las hojas que pasaba el viento

Hoy hemos sido valientes, huyendo como cobardes de las cenizas del pasado. 

Pasado que empezó a quemarse gracias al fuelle que avivó la débil llama de la vela que nos mantenía en vigilia ,taciturnos y aletargados en aquella noche de luna de hiel…

El viento zarandeaba con fuerza la copa del árbol junto a nuestra ventana entreabierta. Sacudía sus ramas repletas de hojas empapadas de lluvia. Y el cristal quedaba salpicado como si se tratase de una ceremonia bautismal.
En ese momento, ambos cerramos los ojos, y viajamos por separado a lugares en donde estuvimos juntos…

Tú te trasladaste al memorable atardecer otoñal en el antiguo puente colgante del Xirimbao. Donde el ensordecedor tiberio del río Ulla bajo nuestros pies, hizo que nos despojásemos de toda prenda que impidiese liberar la pasión contenida.  
Una coordinación asombrosa entre dos amantes furtivos y el empuje del viento columpiando nuestros más crudos y desesperados instintos.

Yo, reviví un amanecer primaveral en una escondida playa de la Reheira.
Nosotros muy expuestos al castigo infringido: los latigazos que nos propinaba la arena obligándonos a continuar en esa espiral de sensaciones.
Y en la más tierna impudicia y la más obscena pureza, el viento secaba nuestra lascivia derretida en la piel de nuestros cuerpos espasmódicos, que hacían resonar la extasiante e hipnótica melodía del xilófono, en lo más profundo del mar.

Ahora, ese mismo viento silba por debajo de la puerta que creímos cerrada. Apagando de un soplo el farol improvisado. Dejando apenas un hilo de humo autovendido.
El eco sordo de éste, nos hechiza, y abandonamos simultáneamente la gélida cama compartida.
Sonámbulos, en un consciente estado de trance, bajamos torpemente las escaleras que nos llevan a la calle…
Tú, paraguas en mano. Yo, abriéndolo presurosa. Ambos, cubriéndonos del chaparrón que caía como chuzos.

No habíamos entendido nada. Irreverentes e ignorantes… Pero el viento quiso meternos en vereda. Incesante…

Huracanado, volteó el estorbo haciéndolo salir despedido calle abajo.
Nos miramos con esa sonrisa torcida de complicidad mientras chorreábamos un reguero de lodo.

Aliviados bajo una luna nueva, susurraste las nueve palabras incandescentes sobre la humedad de mis labios.

E hiciste un pacto con el aire de mi boca. Que no es aliento, sino viento.

 

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